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CASOS REALES
  
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CRIMENES PASIONALES

   

 

“Cuando la ira se vuelve irremediable...” EL CASO BARREDA


15 de noviembre de 1992… Era otra cálida mañana de domingo… Delgado, de tez blanca y con anteojos que escondían esa mirada de hombre cansado, el prestigioso odontólogo Ricardo Barreda se levantó con ánimos de hacer trabajos hogareños.
Bajó las escaleras de su casa, con la parsimonia que caracteriza a toda persona después de pocos minutos de levantarse.
nLlegó a la cocina en donde se encontraba su esposa Gladys Mc Donald y le dijo con tono amigable: “voy a pasar la caña en la entrada, el plumero en el techo, porque está lleno de insectos atrapados que causan una muy mala impresión, sino, voy a cortar y atar un poco las puntas de la parra que ya andan jorobando, voy a sacar primero las telas de araña de la entrada, que es lo que más se ve”.
Gladys Mc Donald contestó con ese tono socarrón que la caracterizaba: “mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan, es para lo que más servís”.
Según Barreda no era la primera vez que se lo decía, pero esta vez le había molestado de sobremanera… Como si hubiese sacado de una galera negra una pizca de tono rebelde adolescente contestó: “el conchita no va a limpiar nada la entrada, el conchita va a atar la parra”…
Después de esta concisa, pero tajante respuesta, se dirigió hacia el armario para buscar un casco que había comprado para evitar accidentes de índole hogareña, una vez allí no sólo encontró el casco de obrero de la construcción sino también la escopeta Víctor Sarrasqueta, calibre 16,5, que su suegra, Elena Arreche, le había traído de Europa años atrás.
Con la seguridad de cualquier odontólogo que se dispone a tomar un torno, agarró la escopeta y juntó algunos cartuchos olvidados y negados de cualquier uso que había al lado en una caja.
Su ego tomó protagonismo, cargó la escopeta con movimientos sutiles, guardó algunos cartuchos de repuesto en su guardapolvo y movido con sed de matanza se dispuso a comenzar la cacería…
Se dirigió rápidamente hacia la cocina donde se encontraban su esposa y su hija menor Adriana… El baño de sangre había comenzado… Comenzó por su esposa Gladys, efectuó varios disparos… Horrorizada ante tal espeluznante situación, su hija menor Adriana gritó: “¡mami, está loco!”, a medida que sus últimas sílabas se esfumaban entre los cómplices estruendos dentro del habitáculo.
Enseguida de consumado el acto, su suegra Elena Arreche (según Barreda “la desintegradora de la familia”)… bajó las escaleras sorpendida… allí se encontró rápidamente con la muerte producto de un certero disparo del odontólogo, pues sólo quedaba una…su hija preferida Cecilia, quien abalanzada sobre el cadáver de su abuela exclamó las que serían sus últimas palabras: “¡que hiciste hijo de puta!”…
Concluida la obra con 9 pincelazos furiosos de pintura roja, el odontólogo Barreda de la misma forma en que limpiaría su consultorio, se dispuso a limpiar el campo de batalla…. Sacó todos los cartuchos sueltos, los colocó prolijamente en una caja y los escondió en el baúl de su auto.
Con la conciencia irónicamente como una Tábula Rasa… tomó la decisión de continuar el día como uno más… fue al zoológico, posteriormente se dirigió al cementerio a “conversar con sus viejos” (Barrera dixit)… para terminar satisfaciendo sus placeres oníricos y sexuales a las 16:30 en un Hotel Alojamiento con su “amiga” Hilda Bono.
El odontólogo regresó a la medianoche, encontrándose aún con la pintura fresca de los 4 cuerpos desparramados de manera uniforme por toda la casa.
Fingiendo sorpresa llamó a una ambulancia e intentó hacer un simulacro de robo relatando el hecho con ánimos de hombre suficiente.
Todo había terminado…la obra estaba concluída…
Desde un primer momento, Barreda admitió que había cometido la masacre, y entonces se justificó diciendo que dentro de la casa lo maltrataban.
En 1995 fue condenado a reclusión perpetua en un fallo que resultó dividido ya que los magistrados Eduardo Hortel y Luis Soria (h) lo declararon «imputable», mientras que la jueza María Clelia Rosentock lo encontró «inimputable» en sus actos.
Durante el juicio oral y público, que tuvo una alta audiencia en todo el país por la televisión, el dentista dijo que mató a su esposa, dos hijas y su suegra debido a “la humillación y degradación a que era sometido” constantemente.
“Si las circunstancias se volvieran a dar, yo actuaría de la misma manera. No podría haber evitado lo sucedido, estaba bajo un cuadro de degradación y humillación”, dijo Barreda en ese momento, aunque luego se arrepintió en declaraciones periodísticas.

 

   
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